Colapso Mundial y Guerra

Política petrolera después de la Segunda Guerra Mundial

3. Política petrolera después de la Segunda Guerra Mundial

Después de la II Guerra Mundial, la política internacional de EE.UU., incluyendo su aparato militar, directamente buscó colaborar con los esfuerzos de las compañías petroleras para apoderarse del petróleo medio oriental. El petróleo pasó a constituir un elemento clave de la postura internacional de ese país, que abandonaba su “aislacionismo” dentro del hemisferio americano y con una proyección al Pacífico, y buscaba abiertamente la hegemonía en Eurasia occidental. Pues la hegemonía de EE.UU. –incluso con la existencia de un rival estratégico en la URSS-, después de la guerra se cimentaba en tres aspectos:

Disponer de más de la mitad de la capacidad de producción industrial moderna del mundo y del control de los regímenes internacionales de comercio y finanzas;

Disponer de unas fuerzas armadas desplegadas en todo el planeta, excepto los territorios de la URSS y aliados y de la R.P. China y aliados –particularmente, controlando junto con Inglaterra el océano mundial-; todo ello,

Centrado en la utilización de hidrocarburos baratos como fuente energética principal, en manos de un oligopolio privado.

Por su parte, la ausencia de recursos petroleros propios impulsó a las potencias europeas, Inglaterra, Francia y Holanda en primer lugar, a garantizarse el aprovisionamiento externo, siendo el Oriente Medio y el Norte de África los principales focos de atención.

Respecto de Alemania, durante su segundo fallido intento por hacerse con un estatuto de hegemón europeo y eventualmente mundial (1939-1945), la preocupación por la dependencia estratégica, los exitosos esfuerzos por apoderarse del petróleo rumano y posteriormente las fallidas operaciones militares para apoderarse de los petróleos soviéticos caucásicos, signaron la dirección de la guerra por parte del estado mayor nazi (J.Saxe-Fernández, 1980). La dependencia estratégica y la política internacional alemanas, incluyendo la guerra contra la URSS y la conquista del petróleo caucásico, anticipan las de EE.UU. frente a su creciente dependencia estratégica del petróleo importado, especialmente a partir de la década de 1970.

El control de todos los recursos petroleros del hemisferio americano se había tornado entonces crucial para que EE.UU. intentase sobrevivir una hipotética parálisis de la producción medio oriental, que podría resultar de tres motivos principales:

El desarrollo y la autonomía de los estados de la región,

La expansión de potencias hostiles (URSS) o competidoras (Inglaterra, Francia), y

El apoyo incondicional a Israel.

Todas estas posibilidades podrían redundar en guerras por el control del recurso en el Medio Oriente.

La recuperación europea después de la II Guerra Mundial significó un creciente consumo de energía. En particular, iba aumentando año con año el porcentaje del petróleo en su facturación energética, en detrimento del tradicional carbón. A esta tendencia se agregaban Japón y otros países netamente importadores de hidrocarburos. En 1948, EE.UU. importó sus primeros barriles de petróleo del Medio Oriente.

Con el fin de la II Guerra Mundial en 1945, EE.UU. adquiere un rango de primera potencia mundial, y ejerce una hegemonía “en auge” hasta la década de 1970. Al mismo tiempo, pasa a depender cada vez más de los mercados y sobre todo de los suministros externos de recursos estratégicos:

“La autosuficiencia que caracterizaba a Estados Unidos en el terreno de las materias primas básicas desapareció después de la Segunda Guerra Mundial. Las materias primas nacionales no bastaron para sostener el enorme auge de la producción industrial promovido por la necesidad de abastecer los ejércitos aliados durante la Segunda Guerra Mundial. Estados Unidos empezó a importar petróleo, mineral de hierro, bauxita, cobre, manganeso y níquel. Los suministros de petróleo se garantizaron imponiendo el dominio estadounidense en diversas regiones de América Latina, Oriente Próximo y Nigeria; el mineral de hierro se obtenía en otras zonas de América Latina y en África Occidental, y otros minerales procedían de Canadá, Australia y Sudáfrica. Los vínculos de la política y la economía se estrecharon. La necesidad de conseguir materias primas provocó toda una serie de intervenciones políticas. Los golpes de Estado, las guerras regionales, el establecimiento de bases militares estadounidenses, el tenaz respaldo prestado a la oligarquía venezolana, a los generales de Brasil y Chile, y al clan al-Saud de Arabia Saudí, eran los medios más sencillos de combatir al enemigo comunista y de proteger la economía de Estados Unidos”. (Alí, 2002: 347).

Especialmente a partir de la II Guerra Mundial, entonces, el petróleo juega un papel central en la economía de EE.UU. y del mundo, y este país ha articulado el control internacional del recurso mediante dispositivos fundamentalmente militares. Es decir, el petróleo y el aparato militar de EE.UU. han mantenido una estrecha colaboración, y han llegado a imbricarse de forma inextricable, en la medida en que, tanto para dueños y gerentes de las empresas petroleras, como para el aparato político militar, el petróleo es la primera prioridad (privada en el primer caso, pública en el segundo, y corporativa en ambos: se trataría de “los primeros intereses nacionales”).

Así, por ejemplo, un memorando del ministerio de exteriores de EE.UU., “Petroleum in International Relations”, de 1945, señalaba claramente:

“Otra gran categoría de problemas se refiere al apoyo dado por el Departamento (de Estado; ESF) a nombre del gobierno de los Estados Unidos, a ciudadanos nacionales americanos que buscan obtener o retener derechos para dedicarse, en el extranjero, al desarrollo del petróleo, de su transporte o su procesamiento industrial. Esta es la función tradicional del Departamento, en relación con el petróleo... Conforme retornan las condiciones de normalidad (después de la II Guerra Mundial; ESF), esta función llegará a adquirir gran importancia. Recientemente, derechos de concesión para exploraciones han sido obtenidos por compañías americanas, contando con la ayuda del Departamento de Estado, en Etiopía y Paraguay. En Irán las negociaciones, que aparentemente estaban a punto de culminar el pasado otoño, por razones políticas han sido suspendidas temporalmente. En China existen grandes posibilidades para el período de pos guerra. Áreas grandes y potencialmente productivas de Colombia, todavía no han sido concesionadas a empresas privadas; y en Brasil, donde pueden haber grandes potencialidades para la producción petrolera, aún no se han otorgado concesiones. Tanto en Colombia como en Brasil existen buenas probabilidades para que se emita una legislación básica que permitiría obtener concesiones por parte de la empresa privada, sobre bases recíprocamente satisfactorias. Estos casos implican áreas en las que aún hay que buscar derechos de concesión. Existen otras situaciones críticas, en las que las concesiones están amenazadas y en las que se requiere la atención vigilante del Departamento. Más aún, hay otras áreas en las que, después de la guerra, existe una verdadera posibilidad de conseguir una mejora en las condiciones discriminatorias desfavorables bajo las que nacionales americanos obtuvieron concesiones antes de la guerra”. (Citado en Barnet, 1976: 202).

Sin embargo, como apuntamos, esas características que aparecen tan acentuadas a partir de la II Guerra Mundial, ya eran evidentes desde prácticamente el siglo XIX en aquellos ámbitos que se debatían ante el avasallamiento imperialista de EE.UU., particularmente las antiguas colonias españolas en América Latina y el Asia Pacífica.

Es necesario destacar, sin embargo, que a partir de la Segunda Guerra Mundial aumenta dramáticamente la dependencia estratégica de EE.UU., de materias primas y petróleo, como señala Gabriel Kolko:

“La guerra de Corea también intensificó la dependencia estadounidense de las importaciones de materias primas, que provenían básicamente del tercer mundo. Todos sus líderes eran conscientes de la importancia de estas importaciones, una importancia que iba a influenciar desde ese momento las decisiones en materia de política exterior. Sólo el 5% de su consumo total de metales, excluyendo el oro y el hierro, era importado en los años veinte, pero entre 1940 y 1949 la cifra ascendió al 38% y al 48% en la década siguiente. El crecimiento americano estaba ligado al libre acceso a las importaciones esenciales, de las que el hemisferio occidental era el proveedor más importante en cuanto a metales y Oriente próximo era esencial en cuanto al petróleo”(2003: 112).

Al final de la II Guerra Mundial, EE.UU. coordinó políticas con Inglaterra y Francia, que poseían mejores posiciones en el Medio Oriente. El 25 de mayo de 1950 emitieron una declaración tripartita, en la que asumían de hecho y unilateralmente, el papel de garantes del armisticio firmado en 1949 entre Israel y los países árabes. Además, EE.UU., Inglaterra y Francia se otorgaban a sí mismas el derecho de determinar los niveles de las fuerzas armadas y los armamentos de los estados de la región. Esta política se llevó a cabo al margen de la ONU. Por su carácter intervencionista y neo imperialista, muchos gobiernos de la región, como los de Egipto, Siria, Líbano, Arabia Saudita, Yemen, y Jordania, se pronunciaron contra esa declaración y prometieron no admitir acciones que perjudicaran su soberanía o independencia. En 1950-1951, EE.UU., Inglaterra, Francia y Turquía, varias veces propusieron un Mando Mesoriental bajo su dirección, que incluiría todas las fuerzas armadas de los países de la región como miembros. El proyecto no funcionó. En 1952 Turquía se integró a la OTAN y en 1954 firmó un pacto militar con Pakistán. En ese mismo año, Turquía, junto con EE.UU., Inglaterra, Francia, Australia, Nueva Zelanda, Tailandia y Filipinas, firmaron el Tratado de defensa colectiva de Asia Sudoriental (SEATO), dirigido contra la URSS.

EE.UU. utilizó a Irak para promover sus intereses en la región. En abril de 1954 aumentó la ayuda militar al régimen de Bagdad (a cargo de Nuri Said, subordinado de Inglaterra), y en febrero de 1955 los dos países firmaron en esa ciudad mesopotámica un tratado militar, el llamado Pacto de Bagdad. Inglaterra se unió a esta alianza militar el 4 de abril, Pakistán el 23 de septiembre, e Irán el 11 de octubre. Pero Irak se retiró del pacto en 1958, como resultado de la revolución de julio. Al quedarse sin Bagdad, el Pacto pasó a denominarse la Organización del Tratado Central (CENTO), y su sede regional se trasladó a Teherán. Al igual que SEATO, CENTO también estaba orientado a cercar y hostigar militarmente a la URSS.

El 5 de enero de 1957 el presidente Eisenhower de EE.UU. formuló su “doctrina”, que resultó aprobada por las cámaras legislativas el 9 de marzo de ese año, en la que se proclama el derecho unilateral del presidente de EE.UU. para intervenir, inclusive por vía militar, en los asuntos internos de cualquier país del Medio Oriente, para luchar contra el comunismo internacional.

Se asume que tal intervención se justificaría por el papel de la región en la política y la economía internacionales. Esta doctrina se empleó en la región y contra la revolución iraquí de 1958. En ese mismo año, la infantería de marina de EE.UU. desembarcó tropas en Líbano y su fuerza aérea apoyó un desembarco de tropas inglesas contra Jordania. Pero a finales de ese año las potencias metropolitanas debieron retirar sus tropas y no lograron revertir la revolución iraquí.

Comentarios

Exelente informacion muchas gracias. Por favor si me pudueran enviar más noticias de la politica sobre el medio oriente en el siglo XX.

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